A TENER EN CUENTA

"Algunos valemos más por lo que callamos, que por lo que contamos". Otros, ni eso...

03 agosto, 2025

Odio el verano

 


Me voy a echar encima a más de la mitad de la población española, pero tengo que decirlo: odio el verano.

 

Soy de esos que se honran en formar parte del “team invierno” porque sólo le veo ventajas: si tienes frío, te abrigas y se te pasa; me encantan los relentes, las nieblas y la lluvia; me gustan los guisos de “cuchareo”, las mantas suaves y los calcetines de lana, el olor a leña de los pueblos y el confort de la calefacción de gas natural. Me fascinan las señoras que insinúan, pero sin evidenciar: enfundadas en faldas de tubo y medias, calzando stilettos o botas, y abrigándose el cuello con un pañuelo o una pashmina. Aunque mi estación favorita es la primavera por mil y una razones, si me dan a elegir entre verano e invierno, me quedo siempre con el segundo.

 

Pero en realidad, no sé si odio el verano o, más bien, en lo que se ha convertido el verano. El matiz es sutil, pero definitivo. El verano de ahora me da bastante grima. Sólo hay que mirar alrededor para ver en lo que nos hemos convertido y cuánto ha degenerado todo. En este caso no voy a ser descriptivo por ahorrarles el trago, para un rato que se adentran ustedes a leer mi columna en la bitácora.

 

Si cierro los ojos, recuerdo un verano diferente y prefiero quedarme con aquel. El mío era un verano que comenzaba siempre con un tedioso viaje en un Renault 5 de tres puertas, color verde aceituna. Había que cargar un equipaje de maletas de piel marrón sobre la baca del coche, para emprender la marcha por una parcheada carretera comarcal hacia un destino playero de alquiler en la costa malagueña. Éramos profundamente felices de hacerlo. En el radiocasete del coche sonaban Paloma San Basilio, Ana Belén, Julio Iglesias, José Luis Perales y Alberto Cortez, y cantábamos los estribillos a voz en grito con las ventanillas delanteras bajadas, mientras mi padre fumaba Dunhill rubio que le enviaban sus primos desde Gibraltar. La carretera estaba jalonada de pitas, chumberas y gayombas: esa retama amarilla que llenaba de color las cunetas y a la que le cantaba Serrat en su famoso “Mediterráneo”.

 

En mi verano no había teléfonos móviles, ni Wifi, ni altavoces inalámbricos dando el coñazo a los vecinos de sombrilla. Es más: apenas veíamos la tele, que era un armatoste más en el escueto comedor del apartamento. El verano olía al aceite Piz Buin de zanahoria que se echaba mamá, y que la ponía más negra que los Platters. También olía a jazmines y al galán de noche de los indomables arriates de las urbanizaciones, al after sun Tulipán Negro que aliviaba las rojeces y al gel Moussel de Legrain (París). No había imbéciles sin equilibrio sobre mil tablas idénticas de Paddle Surf compradas en Amazon, ni motos de agua haciendo ruido. Apenas existía alguna colchoneta de plástico monocolor donde se subían cien mil chiquillos y acababa siempre pinchada. Eso y lo que regalaban desde el cielo las avionetas de publicidad: balones de Nivea, y paracaidistas de plástico que luego no sabías como lanzar. La avioneta de Ruiz Mateos denunciando lo de Rumasa no tiraba nada: no estaba el horno para bollos. Eso, un cubo, una pala y un rastrillo, y te olvidabas del niño en la playa. Soy de una generación de niños que aprendimos a nadar con una burbuja de corcho asida a la cintura con una hebilla metálica. La mía era una rana de color rosado. Nado de cojones y jamás tuve ni manguitos, ni flotadores, ni gafas de bucear, ni aletas, ni folletadas varias.

 

En mi verano no había ni gastrobares, ni chiringuitos gourmet con el tercio de cerveza a tres plomos. Había buenas freidurías de pescado de toda la vida, con las terrazas llenas de mesas de plástico, servilleteros metálicos sin publicidad y ceniceros triangulares de Cinzano. En las heladerías servían copas de nombres imposibles, con sombrillas chinas y bengalitas para los niños. La mayor novedad en años, fue un puesto de Gofres que instalaron frente al quiosco de la música del paseo. Todo eso sería, hoy en día, insano o peligroso. No conozco a nadie que muriera por ello.

 

En mi verano se sacaba el copo con las luces del alba, y si corrías a la playa con tu cubo, ayudabas a los veteranos pescadores curtidos de mar y salitre a sacar la red llena de pescados, y te echaban en el cubo chanquetes, boquerones o sardinas y algún que otro caballito de mar arrastrado sin querer, por ayudarlos. Era inmensamente feliz al llegar a casa llevando “el sustento del día”. Mi madre me acariciaba el ensortijado pelo rubio y me miraba sonriendo con aquella infinita ternura que tenía, disponiéndose a limpiar las capturas para un aperitivo.

 

En mi verano el final del paseo vespertino, oliendo a colonia fresca y vistiendo polo y bermudas, finalizaba dos días a la semana en el tren de la bruja, que se instalaba al final del paseo marítimo haciendo las delicias de los niños. En cada viaje te obsequiaban con un regalo diferente, y por 50 pesetas te volvías con la cabeza escobillada y con un balón de plástico, con una pistola de agua o con una bolsa de indios y vaqueros que te daban juego en la terraza del apartamento hasta que te agotabas. Caíamos a hierro en la cama.

 

En mi verano los adolescentes pelábamos la pava tomando un helado, sentados en el poyete del Club Náutico, en el embarcadero de los pescadores, o junto a la caseta de las redes, y los más atrevidos se escaqueaban entre las tumbonas de madera de alquiler, para robarle un beso a aquellos tersos labios juveniles que te habían fascinado días antes en la playa, y con los que tímidamente comenzaste a hablar saltando olas de levante. Qué bonito era enamorarse de aquella piel bronceada que olía a inocencia y crema hidratante; de aquella sonrisa que quizás no volverías a ver nunca más y a la que tanto recordabas al llegar a la ciudad de interior, mientras el Dúo Dinámico interpretaba “El final del verano” en una gala televisiva.

 

En mi verano la camiseta de los Jóvenes Castores, del Tío Gilito, del Osito Misha, de Naranjito o de Willy Fog dando la vuelta al mundo, se usaba exclusivamente para ir a la playa con tu bañador turbo y las cangrejeras. No se salía a pasear con camiseta, ni con chanclas: para pasear había que ducharse, arreglarse y oler a limpio. Esa indolencia en la vestimenta que hay actualmente ni se entendía, ni estaba normalizaba. Así, cuando veías por la noche a tu “crush“ playera arregladita, paseando con sus padres, te parecía un ángel bajado del cielo que te atrapaba las entrañas haciendo con ellas lo que quisiera.

 

En mi verano no faltaba de nada, pero tampoco sobraba. Éramos felices con mucho menos y, sobre todo: no le dábamos por culo a nadie con el perrito ladrador sin educar, con la música trap a todo volumen, con las conversaciones familiares telefónicas en modo altavoz, con las palas del Lidl creyendo que eres finalista de Roland Garros, o plantando la jarapa del mandala de elefantes indios sobre los pies del vecino que ha llegado antes que tú a la quinta línea de playa.

 

Yo creo que odio el verano porque ya no es mi verano: aquel verano desinhibido y sencillo, sin preocupaciones ni responsabilidades, sin tener que hacer cuentas para ir a comprar, ni tenerle que justificar a unos y otros dónde estás y todo cuanto haces. Aquel verano compartido con personas, aromas y sabores que ya no volverán jamás. Fui inmensamente feliz en aquellos veranos.

 

Dicen que la frontera entre el amor y el odio es muy fina, y yo amé tanto aquel humilde y normal verano de mi infancia y adolescencia, que ya tan sólo puedo odiar en lo que se ha convertido el verano actual, por azul que brille el mar y alto que graznen las gaviotas pasando a mi lado.

 

Lo único que salvo del verano actual, es poder compartirlo con mi hija, pero echo tanto de menos lo que aquello fue, porque ahora, quien veranea besándome diariamente los labios ya maduros de melancolía, es mi eterna compañera: la nostalgia.

 

Les dejo con los Hermanos Rigual…

https://youtu.be/EbWXIgYkeWc?feature=shared

©A.L.B.P.

Fotografía extraída de Pinterest.

29 julio, 2025

Volver

Dicen que, antes o después, todos regresamos de alguna u otra manera adonde fuimos felices. Puede ser un lugar en el mundo, una persona a través de los recuerdos, una melodía que nos evoca tiempos mejores, una película que nos rejuvenece o, incluso, un espacio virtual donde poder expresarse ampliamente sin temor a cortapisas, rencores, coacciones o reproches.

Hoy regreso yo, después de 11 años, al variopinto mundo de la blogosfera, en unos tiempos inciertos en los que se prefieren la inmediatez y la desinformación, a lo reflexivo. Me gusta ir a contracorriente. En estos años que estuve alejado de realizar y mantener una bitácora, el entorno ha cambiado mucho (en general) y mi cotidianidad ha mutado muchísimo en lo personal. Hay personas que ya no están en mi vida, y algunas ni siquiera en este mundo. Hay circunstancias que ya no se dan, y cosas que ya no se permiten. En lo particular, he cambiado de domicilio, de trabajo y de responsabilidades. En lo general, hemos involucionado en muchos aspectos, y la pérdida de esos valores fundamentales que a mí aún me transmitieron, es constatable en el día a día.

La educación era un valor añadido que se instruía en las casas y que, ahora, se pretende confundir con la enseñanza profesional. Un maestro es alguien que enseña materias, pero la educación la deben transmitir los padres, y eso es algo que ahora se delega en la Wikipedia (en los mejores casos) y en los “influencers” (en los peores). Y no es un tema exclusivo que afecte a los jóvenes: es una epidemia fuertemente arraigada en sus generaciones anteriores, que ya priorizan el tener un telefonito en la mano antes que una buena conversación, un buen libro o un distendido rato mirando el mar. Hay gente que antepone el móvil a todo cuanto le rodea, y eso es lo que absorben ansiosos los inquietos adolescentes como si fuera un vaper de melón.

El respeto está en vías de extinción. No hay respeto casi por nada, ni por nadie. Es cierto que antes existían edades, profesiones, cargos, instituciones, tradiciones y costumbres que se hacían respetar per se, y que, lamentablemente ahora han perdido el peso que antaño tuvieron por la mala praxis, por la dejadez o por el inexorable avance de los tiempos. La sociedad cambia, y con ella, la veneración y el respeto por lo trascendente. Duele escribirlo, pero en estos tiempos, ya no todo es respetable: ni todas las opiniones lo son (como tampoco son válidas), ni todas las personas lo son (a la vista de sus comportamientos), ni todos los entornos lo son, en tanto en cuanto tampoco actúan con reciprocidad. Lo de poner la otra mejilla es un precepto cristiano que ya no se utiliza cuando nos hastiamos de recibir palos continuamente. El Señor, a algunos, nos hizo hermanos de fe, pero no primos de comportamiento, y hay que empezar a asumirlo.

La empatía, el buen gusto, la comprensión social, la moderación y la discreción están también en desuso. Absolutamente todo está radicalizado, polarizado y politizado: la religión, el deporte, la amistad y, a veces, hasta el amor. O conmigo, o contra mí. La turba se mueve por puro interés personal, pactando con el mismo Belcebú si fuera necesario para el propio beneficio, y ya no se valoran opciones que no sean las particulares para ir avanzando en la vida. Lo que mucha gente no ve, desde su estancamiento personal, es que así no se avanza de manera colectiva. No hay peor ciego que aquel que no desea ver más allá de su prisma, y hay prismas muy distorsionados.

11 años han dado para mucho. Desde que cerré mi primer blog en 2014 (“El convento del monaguillo”), después de casi 6 años de publicaciones y más de 150.000 visitas, el mundo ha cambiado mucho. Hemos sufrido desilusiones personales, pérdidas irremplazables, pandemias globales, desastres naturales, cambios vitales no retornables y todo tipo de circunstancias, pero después de todo eso, hemos continuado demostrando nuestras ganas de seguir adelante, nuestra fortaleza para seguir luchando por malas que sean las expectativas, y nuestra enorme capacidad de supervivencia. Eso es lo que me ha traído aquí de vuelta con un espacio nuevo: yo soy un hombre que nunca pierde la Esperanza. No la he perdido ni siquiera en los peores momentos vividos, cuando la oscuridad de la incertidumbre se cernía sobre las decisiones vitales que debía tomar. Nunca he dejado de ser positivo, y tengo muy buena memoria: por eso perdono, pero no olvido. Yo siempre “tomo nota”, como decía Paco Rabal en la magistral serie “Juncal”. De esa forma sigo aprendiendo diariamente.

Hoy inauguro mi nuevo rincón de pensar, este diván en el que me tumbaré a menudo para reflexionar sobre aquello que nos va sucediendo a todos, sobre las cosas que me gustan o me atraen, sobre los asuntos me hacen cuestionarme como persona y, en fin, sobre lo que me rodea y me hace ser como soy: un andaluz con espíritu muy siciliano.

Sean bienvenidos a mi mundo, a mis cosas y a mis letras, y pónganse cómodos en el diván mientras mantenga abierta la consulta. Si les place, aquí nos encontraremos, y si no les agrada, vayan con Dios, que no es poca compañía. Les dejo con Gardel…

https://youtu.be/jvHIVqg-g3s?feature=shared

©A.L.B.P.

Fotografía extraída de Pinterest.

Odio el verano

  Me voy a echar encima a más de la mitad de la población española, pero tengo que decirlo: odio el verano.   Soy de esos que se honran ...