Me voy a echar encima a más de la mitad de la población española, pero tengo que decirlo: odio el verano.
Soy de esos que se honran en
formar parte del “team invierno” porque sólo le veo ventajas: si tienes
frío, te abrigas y se te pasa; me encantan los relentes, las nieblas y la
lluvia; me gustan los guisos de “cuchareo”, las mantas suaves y los
calcetines de lana, el olor a leña de los pueblos y el confort de la
calefacción de gas natural. Me fascinan las señoras que insinúan, pero sin
evidenciar: enfundadas en faldas de tubo y medias, calzando stilettos o botas, y
abrigándose el cuello con un pañuelo o una pashmina. Aunque mi estación
favorita es la primavera por mil y una razones, si me dan a elegir entre verano
e invierno, me quedo siempre con el segundo.
Pero en realidad, no sé si odio
el verano o, más bien, en lo que se ha convertido el verano. El matiz es sutil,
pero definitivo. El verano de ahora me da bastante grima. Sólo hay que mirar alrededor
para ver en lo que nos hemos convertido y cuánto ha degenerado todo. En este
caso no voy a ser descriptivo por ahorrarles el trago, para un rato que se
adentran ustedes a leer mi columna en la bitácora.
Si cierro los ojos, recuerdo un
verano diferente y prefiero quedarme con aquel. El mío era un verano que
comenzaba siempre con un tedioso viaje en un Renault 5 de tres puertas, color
verde aceituna. Había que cargar un equipaje de maletas de piel marrón sobre la
baca del coche, para emprender la marcha por una parcheada carretera comarcal
hacia un destino playero de alquiler en la costa malagueña. Éramos
profundamente felices de hacerlo. En el radiocasete del coche sonaban Paloma
San Basilio, Ana Belén, Julio Iglesias, José Luis Perales y Alberto Cortez, y
cantábamos los estribillos a voz en grito con las ventanillas delanteras
bajadas, mientras mi padre fumaba Dunhill rubio que le enviaban sus primos desde
Gibraltar. La carretera estaba jalonada de pitas, chumberas y gayombas: esa retama
amarilla que llenaba de color las cunetas y a la que le cantaba Serrat en su
famoso “Mediterráneo”.
En mi verano no había teléfonos
móviles, ni Wifi, ni altavoces inalámbricos dando el coñazo a los vecinos de sombrilla.
Es más: apenas veíamos la tele, que era un armatoste más en el escueto comedor
del apartamento. El verano olía al aceite Piz Buin de zanahoria que se echaba
mamá, y que la ponía más negra que los Platters. También olía a jazmines y al galán
de noche de los indomables arriates de las urbanizaciones, al after sun Tulipán
Negro que aliviaba las rojeces y al gel Moussel de Legrain (París). No había imbéciles
sin equilibrio sobre mil tablas idénticas de Paddle Surf compradas en Amazon,
ni motos de agua haciendo ruido. Apenas existía alguna colchoneta de plástico monocolor
donde se subían cien mil chiquillos y acababa siempre pinchada. Eso y lo que
regalaban desde el cielo las avionetas de publicidad: balones de Nivea, y paracaidistas
de plástico que luego no sabías como lanzar. La avioneta de Ruiz Mateos denunciando
lo de Rumasa no tiraba nada: no estaba el horno para bollos. Eso, un cubo, una
pala y un rastrillo, y te olvidabas del niño en la playa. Soy de una generación
de niños que aprendimos a nadar con una burbuja de corcho asida a la cintura
con una hebilla metálica. La mía era una rana de color rosado. Nado de cojones
y jamás tuve ni manguitos, ni flotadores, ni gafas de bucear, ni aletas, ni
folletadas varias.
En mi verano no había ni
gastrobares, ni chiringuitos gourmet con el tercio de cerveza a tres plomos.
Había buenas freidurías de pescado de toda la vida, con las terrazas llenas de
mesas de plástico, servilleteros metálicos sin publicidad y ceniceros triangulares
de Cinzano. En las heladerías servían copas de nombres imposibles, con
sombrillas chinas y bengalitas para los niños. La mayor novedad en años, fue un
puesto de Gofres que instalaron frente al quiosco de la música del paseo. Todo
eso sería, hoy en día, insano o peligroso. No conozco a nadie que muriera por
ello.
En mi verano se sacaba el copo
con las luces del alba, y si corrías a la playa con tu cubo, ayudabas a los veteranos
pescadores curtidos de mar y salitre a sacar la red llena de pescados, y te
echaban en el cubo chanquetes, boquerones o sardinas y algún que otro caballito
de mar arrastrado sin querer, por ayudarlos. Era inmensamente feliz al llegar a
casa llevando “el sustento del día”. Mi madre me acariciaba el ensortijado
pelo rubio y me miraba sonriendo con aquella infinita ternura que tenía,
disponiéndose a limpiar las capturas para un aperitivo.
En mi verano el final del paseo
vespertino, oliendo a colonia fresca y vistiendo polo y bermudas, finalizaba
dos días a la semana en el tren de la bruja, que se instalaba al final del
paseo marítimo haciendo las delicias de los niños. En cada viaje te obsequiaban
con un regalo diferente, y por 50 pesetas te volvías con la cabeza escobillada
y con un balón de plástico, con una pistola de agua o con una bolsa de indios y
vaqueros que te daban juego en la terraza del apartamento hasta que te agotabas.
Caíamos a hierro en la cama.
En mi verano los adolescentes
pelábamos la pava tomando un helado, sentados en el poyete del Club Náutico, en
el embarcadero de los pescadores, o junto a la caseta de las redes, y los más
atrevidos se escaqueaban entre las tumbonas de madera de alquiler, para robarle
un beso a aquellos tersos labios juveniles que te habían fascinado días antes
en la playa, y con los que tímidamente comenzaste a hablar saltando olas de
levante. Qué bonito era enamorarse de aquella piel bronceada que olía a
inocencia y crema hidratante; de aquella sonrisa que quizás no volverías a ver
nunca más y a la que tanto recordabas al llegar a la ciudad de interior, mientras
el Dúo Dinámico interpretaba “El final del verano” en una gala
televisiva.
En mi verano la camiseta de los
Jóvenes Castores, del Tío Gilito, del Osito Misha, de Naranjito o de Willy Fog
dando la vuelta al mundo, se usaba exclusivamente para ir a la playa con tu
bañador turbo y las cangrejeras. No se salía a pasear con camiseta, ni con
chanclas: para pasear había que ducharse, arreglarse y oler a limpio. Esa
indolencia en la vestimenta que hay actualmente ni se entendía, ni estaba
normalizaba. Así, cuando veías por la noche a tu “crush“ playera arregladita,
paseando con sus padres, te parecía un ángel bajado del cielo que te atrapaba
las entrañas haciendo con ellas lo que quisiera.
En mi verano no faltaba de nada,
pero tampoco sobraba. Éramos felices con mucho menos y, sobre todo: no le
dábamos por culo a nadie con el perrito ladrador sin educar, con la música trap
a todo volumen, con las conversaciones familiares telefónicas en modo altavoz, con
las palas del Lidl creyendo que eres finalista de Roland Garros, o plantando la
jarapa del mandala de elefantes indios sobre los pies del vecino que ha llegado
antes que tú a la quinta línea de playa.
Yo creo que odio el verano porque
ya no es mi verano: aquel verano desinhibido y sencillo, sin preocupaciones ni
responsabilidades, sin tener que hacer cuentas para ir a comprar, ni tenerle
que justificar a unos y otros dónde estás y todo cuanto haces. Aquel verano
compartido con personas, aromas y sabores que ya no volverán jamás. Fui
inmensamente feliz en aquellos veranos.
Dicen que la frontera entre el
amor y el odio es muy fina, y yo amé tanto aquel humilde y normal verano de mi
infancia y adolescencia, que ya tan sólo puedo odiar en lo que se ha convertido
el verano actual, por azul que brille el mar y alto que graznen las gaviotas
pasando a mi lado.
Lo único que salvo del verano
actual, es poder compartirlo con mi hija, pero echo tanto de menos lo que aquello
fue, porque ahora, quien veranea besándome diariamente los labios ya maduros de
melancolía, es mi eterna compañera: la nostalgia.
Les dejo con los Hermanos Rigual…
https://youtu.be/EbWXIgYkeWc?feature=shared
©A.L.B.P.
Fotografía extraída de Pinterest.

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