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"Algunos valemos más por lo que callamos, que por lo que contamos". Otros, ni eso...

29 julio, 2025

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Dicen que, antes o después, todos regresamos de alguna u otra manera adonde fuimos felices. Puede ser un lugar en el mundo, una persona a través de los recuerdos, una melodía que nos evoca tiempos mejores, una película que nos rejuvenece o, incluso, un espacio virtual donde poder expresarse ampliamente sin temor a cortapisas, rencores, coacciones o reproches.

Hoy regreso yo, después de 11 años, al variopinto mundo de la blogosfera, en unos tiempos inciertos en los que se prefieren la inmediatez y la desinformación, a lo reflexivo. Me gusta ir a contracorriente. En estos años que estuve alejado de realizar y mantener una bitácora, el entorno ha cambiado mucho (en general) y mi cotidianidad ha mutado muchísimo en lo personal. Hay personas que ya no están en mi vida, y algunas ni siquiera en este mundo. Hay circunstancias que ya no se dan, y cosas que ya no se permiten. En lo particular, he cambiado de domicilio, de trabajo y de responsabilidades. En lo general, hemos involucionado en muchos aspectos, y la pérdida de esos valores fundamentales que a mí aún me transmitieron, es constatable en el día a día.

La educación era un valor añadido que se instruía en las casas y que, ahora, se pretende confundir con la enseñanza profesional. Un maestro es alguien que enseña materias, pero la educación la deben transmitir los padres, y eso es algo que ahora se delega en la Wikipedia (en los mejores casos) y en los “influencers” (en los peores). Y no es un tema exclusivo que afecte a los jóvenes: es una epidemia fuertemente arraigada en sus generaciones anteriores, que ya priorizan el tener un telefonito en la mano antes que una buena conversación, un buen libro o un distendido rato mirando el mar. Hay gente que antepone el móvil a todo cuanto le rodea, y eso es lo que absorben ansiosos los inquietos adolescentes como si fuera un vaper de melón.

El respeto está en vías de extinción. No hay respeto casi por nada, ni por nadie. Es cierto que antes existían edades, profesiones, cargos, instituciones, tradiciones y costumbres que se hacían respetar per se, y que, lamentablemente ahora han perdido el peso que antaño tuvieron por la mala praxis, por la dejadez o por el inexorable avance de los tiempos. La sociedad cambia, y con ella, la veneración y el respeto por lo trascendente. Duele escribirlo, pero en estos tiempos, ya no todo es respetable: ni todas las opiniones lo son (como tampoco son válidas), ni todas las personas lo son (a la vista de sus comportamientos), ni todos los entornos lo son, en tanto en cuanto tampoco actúan con reciprocidad. Lo de poner la otra mejilla es un precepto cristiano que ya no se utiliza cuando nos hastiamos de recibir palos continuamente. El Señor, a algunos, nos hizo hermanos de fe, pero no primos de comportamiento, y hay que empezar a asumirlo.

La empatía, el buen gusto, la comprensión social, la moderación y la discreción están también en desuso. Absolutamente todo está radicalizado, polarizado y politizado: la religión, el deporte, la amistad y, a veces, hasta el amor. O conmigo, o contra mí. La turba se mueve por puro interés personal, pactando con el mismo Belcebú si fuera necesario para el propio beneficio, y ya no se valoran opciones que no sean las particulares para ir avanzando en la vida. Lo que mucha gente no ve, desde su estancamiento personal, es que así no se avanza de manera colectiva. No hay peor ciego que aquel que no desea ver más allá de su prisma, y hay prismas muy distorsionados.

11 años han dado para mucho. Desde que cerré mi primer blog en 2014 (“El convento del monaguillo”), después de casi 6 años de publicaciones y más de 150.000 visitas, el mundo ha cambiado mucho. Hemos sufrido desilusiones personales, pérdidas irremplazables, pandemias globales, desastres naturales, cambios vitales no retornables y todo tipo de circunstancias, pero después de todo eso, hemos continuado demostrando nuestras ganas de seguir adelante, nuestra fortaleza para seguir luchando por malas que sean las expectativas, y nuestra enorme capacidad de supervivencia. Eso es lo que me ha traído aquí de vuelta con un espacio nuevo: yo soy un hombre que nunca pierde la Esperanza. No la he perdido ni siquiera en los peores momentos vividos, cuando la oscuridad de la incertidumbre se cernía sobre las decisiones vitales que debía tomar. Nunca he dejado de ser positivo, y tengo muy buena memoria: por eso perdono, pero no olvido. Yo siempre “tomo nota”, como decía Paco Rabal en la magistral serie “Juncal”. De esa forma sigo aprendiendo diariamente.

Hoy inauguro mi nuevo rincón de pensar, este diván en el que me tumbaré a menudo para reflexionar sobre aquello que nos va sucediendo a todos, sobre las cosas que me gustan o me atraen, sobre los asuntos me hacen cuestionarme como persona y, en fin, sobre lo que me rodea y me hace ser como soy: un andaluz con espíritu muy siciliano.

Sean bienvenidos a mi mundo, a mis cosas y a mis letras, y pónganse cómodos en el diván mientras mantenga abierta la consulta. Si les place, aquí nos encontraremos, y si no les agrada, vayan con Dios, que no es poca compañía. Les dejo con Gardel…

https://youtu.be/jvHIVqg-g3s?feature=shared

©A.L.B.P.

Fotografía extraída de Pinterest.

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